Acuerdo de París, la carrera de nuestras vidas
El director del Centro ODS para América Latina y el Caribe explica por qué es necesario tomarse este pacto en serio y traducirlo en nuevos modos de vida.
Foto de Markus Spiske en Pexels
15/12/2020
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Por: Felipe Castro*

Hace cinco años, cuando 195 países suscribieron el Acuerdo de París, vislumbramos un motivo para celebrar. ¿Por qué? A nivel internacional, este pacto marcó un punto de inflexión en las negociaciones multilaterales que buscaban frenar la emisión de gases de efecto invernadero y mitigar así algunos efectos del cambio climático. Los líderes de las naciones se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de los 2°C con respecto a los niveles preindustriales. Un reto vital y sin precedentes.

A la fecha, el compromiso no solo se mantiene, sino que es aún más ambicioso. Al momento de escribir esta columna, 125 países habían manifestado su intención de aumentar sus metas nacionales para disminuir sus emisiones a 2030. Estados Unidos dejó atrás su intención de retirarse del Acuerdo de París y refrendará su compromiso en enero próximo con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca. Incluso China, el principal emisor de gases de efecto invernadero en el mundo, aumentó su ambición y definió el 2060 como el año en el cual alcanzará la carbono neutralidad.

Todos estos anuncios deberían ser motivo de optimismo. Sin embargo, en la práctica no son más que eso: anuncios y promesas por cumplir. En un reporte publicado recientemente por ONU Medio Ambiente, queda en evidencia cómo el planeta va en una trayectoria de aumento de emisiones de gases de efecto invernadero compatible con un incremento de temperatura de 3°C, muy por encima de los anhelos del Acuerdo de París.

Algunos podrían argumentar que los cambios estructurales toman tiempo, no son inmediatos y claro, por algo se empieza. Dos siglos de progreso económico y social soportado en la explotación de recursos naturales y la emisión de gases de efecto invernadero no se desmontan de la noche a la mañana. El problema es que precisamente tiempo es lo que no tenemos. Si no actuamos ahora, terminaremos pagando las consecuencias a un costo muy alto para la humanidad.

Los fenómenos climáticos extremos nos recuerdan cada vez con mayor frecuencia las consecuencias de alterar la estabilidad climática. Las estimaciones de la Organización Mundial de Meteorología indican que en 2020 la temperatura global media va a estar alrededor de los 1,2°C, por encima de los niveles preindustriales y se estima con una probabilidad del 20% que en 2024 alcance los 1,5°C. La región del Ártico registró este año la segunda temperatura más alta desde que se llevan registros históricos y el segundo año más bajo en los niveles de hielo marino durante el verano. En el Atlántico la temporada de huracanes superó los registros históricos tras la formación de 30 ciclones tropicales en 2020; el Archipiélago de San Andrés y la región centroamericana fueron los más afectados.

Más allá de listar tragedias o discutir si son consecuencia directa o no del cambio climático, lo cierto es que cada vez hay un mayor consenso sobre la urgencia de responder a los riesgos asociados a factores climáticos. A comienzos de 2020, justo antes de la llegada del Covid-19 a Occidente, se publicó en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el Reporte de Riesgos Globales. Por primera vez en sus quince años de existencia, este reporte calificó las amenazas climáticas como el principal factor de riesgo para la humanidad en el corto y largo plazo. El negacionismo y escepticismo climático quedaron en el pasado: no hay duda de que el cambio climático está afectando al planeta y también, por supuesto, a los negocios.

¿Seremos capaces entonces de acelerar la acción climática y traducir los compromisos en acciones concretas para reducir las emisiones al ritmo que se requiere? Personalmente me declaro un optimista moderado. Hay muchas razones para ilusionarse. La más relevante a mi juicio son las lecciones que se desprenden de la crisis generada por el Covid-19. La pandemia nos demostró que estamos lejos de ser infalibles y que la vida humana sigue siendo frágil a pesar del progreso tecnológico. El mensaje es claro y contundente: si no actuamos a tiempo, pagaremos las consecuencias.

La pandemia también marcó un punto de inflexión en la senda de crecimiento económico a nivel global y en el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. ONU Medio Ambiente estima que las emisiones de CO2 caerán este año alrededor de un 7% en comparación con 2019, abriendo una ventana de oportunidad para mantener en el tiempo una trayectoria de menores emisiones en la atmósfera. Este cambio será permanente únicamente si la recuperación económica de los países prioriza las actividades bajas en carbono.

La mesa está servida: la voluntad política existe, el capital privado está migrando hacia inversiones rentables y que a la vez contribuyan al desarrollo sostenible, las soluciones bajas en carbono para sectores como el transporte, la generación de energía y la producción de alimentos están disponibles y, lo mejor, sus costos son cada vez más bajos y su demanda va en aumento. Todo parece ser cuestión de tiempo. Estamos ante lo que el filántropo e inversor británico Jeremy Grantham denominó la carrera de nuestras vidas. Ya es claro cómo vamos a llegar a una economía carbono neutral, lo que todavía no sabemos es cuándo. Esperemos no sea demasiado tarde.

¿Y Colombia qué?

En Colombia seguimos esperando los detalles de la meta anunciada de reducir en 51% nuestras emisiones en 2030.

¿Cómo vamos a disminuir a cero la deforestación en 2030 si la meta que nos trazamos en el Plan de Desarrollo a 2022 fue frenar un aumento hipotético de cientos de miles de hectáreas de bosque y no reducir sustancialmente la deforestación?

¿Cómo vamos a aumentar significativamente la participación de la movilidad eléctrica a 2030 si la meta en 2022 es tener 6.600 vehículos eléctricos matriculados frente a un parque automotor de más de 15 millones de vehículos?

¿Cómo vamos a acelerar la transición hacia una economía más sostenible si los planes de reactivación contemplan nuevos incentivos a sectores con impactos ambientales ampliamente documentados como las industrias extractivas?

¿Con qué recursos contamos para cumplir esta meta si el recaudo del impuesto al carbono sigue embolatado en las cuentas del tesoro nacional y la meta del 51% deja muy poco espacio para apalancar recursos a través de los mercados de carbono internacionales?

La meta no es solo de gobierno, es de la sociedad en general. Todos los agentes esperan señales y acciones concretas que refrenden este compromiso. Confiemos en que las respuestas vayan llegando en los próximos días. Estamos ante la carrera de nuestras vidas, asumamos nuestro compromiso con altura; la comunidad internacional y las generaciones futuras nos lo demandarán.

* Director del Centro ODS para América Latina y el Caribe de la Universidad de los Andes.

 

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