“Cuando la única opción es ser madre, el ejercicio de un derecho es más bien el ejercicio de una imposición”
Lorenzo Morales
8/3/2020
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América Latina tiene la segunda tasa más alta de embarazo adolescente en el mundo. ¿Qué hacer para contener un fenómeno que trunca las opciones de vida de muchas mujeres de la región? Jorge Rodríguez Vignoli, experto de la CEPAL, habló con Lorenzo Morales.

América Latina y el Caribe tienen la segunda tasa más alta de embarazo adolescente en el mundo, después de África, según la División de Población de Naciones Unidas. Aunque algunos países la han reducido en los últimos años, sus niveles siguen siendo elevados en el contexto mundial.

Se estima que cada año, en la región, nacen 2 millones de niños/as de madres con edades entre los 15 y los 19 años, es decir en torno a un 15% de todos los nacimientos anuales en la región ocurre en adolescentes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el riesgo de muerte de bebés de madres de menos de 20 años es 50% más alto que en madres mayores.

Pero no es solo un problema de salud pública. Para Jorge Rodriguez Vignoli, experto de la CEPAL, las tasas de embarazo adolescente son un fiel reflejo de las desigualdades de muchos países de la región. Rodríguez cree que es clave asegurar el acceso a métodos anticonceptivos y a educación integral para la sexualidad y al mismo tiempo dar verdaderas oportunidades a niños/as y adolescentes y también garantizar los derechos de las mujeres. Religión y machismo, por su parte, son dos factores que en América Latina también inciden.

¿Qué dicen las cifras de embarazo adolescente en América Latina sobre las metas de desarrollo de la región?

La fecundidad adolescente es, dentro de los comportamientos reproductivos, la manifestación más evidente de lo que denominamos las desigualdades demográficas o reproductivas. Hemos logrado reducir sustancialmente algunas brechas —por ejemplo en la cantidad de hijos que tienen las mujeres— pero en el caso de la fecundidad adolescente las brechas socioeconómicas son enormes y no decrecen.

¿Por qué hay que luchar contra este fenómeno, como una preocupación de política pública? Algunos dirán que son decisiones individuales…

Por un conjunto de razones. La primera y la más importante es que se trata de un evento que en verdad es disruptivo para la vida de las muchachas. También tiene consecuencias intergeneracionales porque resulta en una desventaja en la crianza de los niños. Desde luego, como todo evento de nacimiento, puede significar momentos de inspiración y proyección de las personas. Pero al tratarse de una adolescente, la mayor parte de esos nacimientos no han sido planificados ni deseados, y se deben a problemas de acceso a información, educación y medios para poder controlar los efectos reproductivos de la actividad sexual.

Estos embarazos no se distribuyen de forma aleatoria entre la población: son mucho más comunes en las muchachas pobres, que también son las que normalmente tienen más barreras de acceso a la anticoncepción y más dificultades para acceder a la educación sexual y experimentan más situaciones de desigualdad de género, condiciones de abuso y agresiones. En el fondo, y resumiendo, estas son distintas razones que convergen en una gran avenida: la avenida de los derechos de las mujeres.

En algunos países ha empezado a reducirse el embarazo adolescente y eso nos anima mucho. Pero esta reducción no es homogénea ni generalizada aún.

En algunos países las mujeres con solo educación primaria tienen cuatro veces más posibilidades de quedar embarazadas que las adolescentes con educación secundaria o terciaria, según un informe de la CEPAL en el que usted participó. ¿Pues explicar cuál es la relación entre educación y edad de embarazo?

La desigualdad educativa es una expresión más de las desigualdades sociales. Las muchachas que han tenido una trayectoria educativa normal han ido acumulando activos, conjuntos y experiencias que les permiten por lo menos valorar la adolescencia como un espacio de formación y ostentar la posibilidad de pensar en un futuro de mayor educación, mayor ingreso laboral y mayor formación en general.

En cambio, las muchachas más pobres, en general, terminan antes su asistencia a la escuela y tienen muchas menos oportunidades para su vida futura. También enfrentan más barreras de acceso a la anticoncepción.

Pero no siempre el embarazo es indeseado. Parte del problema es que muchas mujeres quieren ser madres muy jóvenes…

Las encuestas muestran que, en efecto, entre ese grupo con menos educación también hay —aunque varía de acuerdo con los países—, el deseo de embarazarse. Pero, en el fondo, no es que las muchachas terminen siendo madres porque así lo querían: la gran mayoría no lo querían pero les pasa porque no hay más alternativas.

Cuando la única opción de estatus es ser madre adolescente, el ejercicio de un derecho es más bien el ejercicio de una imposición. Hay que atender esa situación tan preocupante. Cuando no tienes alternativas, aun teniendo la posibilidad de tener información y anticoncepción, tal vez ni siquiera te interese porque no tienes alternativa. Hemos visto con la CEPAL que no basta simplemente con mejorar el acceso a la anticoncepción. Es un requisito, claro, pero no basta.

Eso quiere decir que el mejor anticonceptivo puede ser la posibilidad de imaginarse una vida interesante más allá de ser solamente madre…

Permíteme hacer una distinción para no caer en una discusión propia de la década de los setenta. De poco sirve desarrollar nuevos o “mejores” métodos anticonceptivos si las y los adolescentes no quieren usarlos. Pero aún así el mejor anticonceptivo para los adolescentes sigue siendo un anticonceptivo, más concretamente el más eficiente para su edad y necesidades: un implante, una inyección hormonal, una pastilla anticonceptiva, el uso del condón correctamente, etc.

Esto es muy importante porque pone todo en perspectiva. De lo contrario podemos pensar que basta con aumentar la educación o con dar más oportunidades y automáticamente las cosas van a ser distintas. Se necesitan anticonceptivos y desarrollo.

Y un proyecto de vida…

El punto del proyecto de vida es fundamental. También hay que aclararlo: corremos el riesgo de pensar que lo que necesitan los jóvenes son proyectos de vida muy ordenados y consolidados.

La verdad es que pedirle a un adolescente que tenga su vida muy clara es pensar en un adolescente que es más bien de película: los adolescentes están hasta ahora pensando y diseñando su futuro pero esa visión no tiene porqué plasmarse en un proyecto consolidado donde ellas ya se vean en la Universidad de Harvard en unos años… Es mucho pedir.

En un mundo real un joven va a pensar “oye, lo que yo quiero es ir a la escuela y disfrutar con mis amigos, hacer deporte, salir de paseo, tocar música, entrar en algún grupo, u otras cosas que requieren de mi tiempo y no son compatibles con tener un hijo”. Si no tienen nada que sea incompatible con tener un hijo evidentemente hay pocos incentivos para evitarlo.

¿Cómo se puede revertir el hecho que para muchas adolescentes, tener un hijo eleva su estatus en la comunidad? ¿Puede la política luchar contra estos valores de la cultura?

Sí, en algunos grupos étnicos o sectores populares en donde no hay muchas otras opciones, efectivamente, la maternidad adolescente puede ser una única alternativa, favorecida por factores culturales. Ahí es más difícil introducir la anticoncepción porque parece existir una cierta deseabilidad de la maternidad entre una parte de las adolescentes.

El tema de la educación es muy importante; se trata de que muchachos y muchachas vean que hay opciones de vida que son mejores al de ser madre tempranamente.

Tampoco se trata de estigmatizar ni a las muchachas ni a los chicos que tienen hijos tempranamente. Muchas logran salir adelante con sus hijos, pero en promedio tienen desventaja, dificultades y más problemas a largo plazo, tanto para las muchachas como para los hijos.

Una vez que ya aconteció el nacimiento, hay que dar el máximo esfuerzo de apoyo para que todas las desventajas que tienen no se materialicen. Pero, por supuesto, es mejor partir de la prevención.

¿Qué políticas ha probado son útiles para reducir los impactos del embarazo adolescente?

La política de dar espacios a las madres adolescentes para que se mantengan en la escuela es bastante nueva y se implantó en Montevideo y luego en todo Uruguay. Antes, la estudiante embarazada era expulsada o se le ponían limitaciones. Si no, ella misma sabía que iba a empezar a ser juzgada por profesores, directivos o compañeros y optaba por retirarse.

No siempre ha sido exitoso en todos los países, pero se ha tratado mediante espacios para las muchachas embarazadas en donde puedan educarse estando en embarazo y después incluso ir a clase con el bebé. Estas políticas facilitan pero no garantizan la graduación.

También los espacios de salud amigable están ubicados estratégicamente cerca de las poblaciones más vulnerables para dar atención eficiente y consejería en materia de comportamiento reproductivo y de salud en adolescentes.

Al final todo lo que tenga que ver con retener a la madre adolescente en la escuela va en la dirección correcta.

Algunos creen que eso incentiva la fecundidad adolescente. ¿Usted qué cree?

¡No! Para nada. La retención escolar no solo mejora las condiciones que tendrán madre e hijo, sino que desincentiva un segundo embarazo. Continuar la educación da mayores medios para que los efectos adversos de la maternidad en la adolescencia no empiecen a notarse en la vida de la madre y del bebé. Tener más educación sí facilita algunas cosas.

¿En qué países ha habido avances de política para enfrentar este fenómeno? ¿Cuáles son los más rezagados?

Los más rezagados están entre los que tienen más dificultades económicas, pero no es tan correlacionado porque también ha habido avances significativos en países con algunas limitaciones económicas.

Los países que han tenido un mayor descenso en la fecundidad adolescente en los últimos años son Chile, Uruguay, Brasil y Costa Rica. ¿Qué los une? En general, una disposición de gobierno a intervenir; se vinieron beneficiados por procesos estructurales como el aumento de la educación generalizado y por acciones específicas de acceso a servicios especializados de salud sexual y reproductiva para adolescentes.

¿En dónde hemos visto problemas? Aquí no hay unificador causal. Los países que menciono son los que más han sufrido aumento de fecundidad adolescente. Ha habido reacción, pero es reciente y por tanto aún no están a la vista los resultados: Argentina, Ecuador, Honduras, México y República Dominicana, por ejemplo, no presentaban indicios de reducción de la fecundidad adolescente hasta hace un par de años

¿Las razones son las mismas, por ejemplo en República Dominicana o México?

En República Dominicana las uniones son, en promedio, tempranas y, en general, van acompañadas de hijos/as rápidamente. Entonces allí la fecundidad está vinculada con un factor cultural de unión temprana que no ha logrado ser atacado con educación o con políticas expresas.

En México tiene que ver un poco también con lo que ha pasado con la sociedad mexicana: era una sociedad que tenía bastantes frenos culturales que desincentivaban el embarazo adolescente sin importar los niveles de ingresos, pero eso ha cambiado.

Hay dos factores que quizás interfieren con cualquier esfuerzo desde la política pública: la religión y el machismo. ¿Qué opina?

Ambos son factores que en general no contribuyen a la prevención. Primero porque la religión en general tiende a considerar que de estos temas no hay que hablar. Y con frecuencia la prevención se limita al argumento de la abstinencia; un escenario que está muy lejos de los adolescentes. Lo que hacen los mensajes que promueven la abstinencia en un contexto como el nuestro es desviar la conversación.

Los mensajes religiosos en este caso no van a la realidad e imaginan una juventud que no existe o que es muy minoritaria. Son mensajes que no son malos, son inconducentes.

Y el otro tema, el del machismo…

El machismo es una puerta que tiende a incentivar comportamientos de riesgo de la mujer básicamente por imposición, por el hecho de que no son ellas las que deciden sobre su cuerpo y su vida.

El machismo en nuestra versión latinoamericana se caracteriza por ser un machismo de abandono: los hombres machistas eluden sus responsabilidades. No quiero estigmatizar: hay muchos que asumen y enfrentan la responsabilidad. Pero, el patrón cultural permite la huida, el escape y la transferencia de responsabilidades a las mujeres. Es un machismo bien cobarde y que brilla sobre todo por su ausencia a la hora de enfrentar las consecuencias de sus responsabilidades. Insisto, es un patrón cultural y puede que sea la minoría la que lo sigue, pero esa minoría ya afecta profundamente a las mujeres.

Las mujeres tampoco están libres del machismo. La idea de la reproducción y de ser buena madre como ideal de vida generacional (buena esposa, reproductiva y otros estereotipos), puede ser un incentivo para la fecundidad adolescente.

¿Usted cree que estas realidades culturales le ponen un techo a la política pública?

Yo creo que no hay techo: simplemente hay barreras. Siempre se puede aspirar a más. Los adolescentes no son un grupo sencillo. Si ya los adultos toman decisiones completamente irracionales cuando está el sexo de por medio no podemos pedirle al adolescente — que es mucho más sensible, lleno de dudas, que tiene la presión de demostrar que es competente, que rinden sexualmente, etc.— que escape a esa dificultad. Estamos hablando de un fenómeno mediado por instintos, hormonas e impulsos biológicos que dificultan que siempre se pueda apelar al argumento racional.

Hay aquí todo un tema cultural muy fuerte, pero eso no quiere decir que esto sea eterno. Creo que sí se puede cambiar esa pauta cultural. Sin desconocer una cierta bipolaridad: todo sugiere que los jóvenes son más sensibles a los temas de género; son más dados a considerar la necesidad de abrir los espacios para los derechos de la mujer como algo que debe ser garantizado; pero, al mismo tiempo, todavía escuchan música que en su mensaje contradice esto y todavía se expresan de formas contradictorias con aquello.

Leía un dato inquietante: hay una leve tendencia al descenso del embarazo juvenil en América Latina, pero es la única región del mundo donde los embarazos de menores de 15 años van en aumento.

La tendencia no es clara, pero más importante que esto es que este fenómeno aún exista en la región. América Latina es una región donde la exposición a la actividad sexual es bastante temprana. Pero en el caso de las menores de 15 años, una parte importante (aunque no toda) de la actividad sexual ocurre bajo abuso, con engaño, o por violencia sexual y violación. Allí estamos hablando de otro tipo de fenómenos donde ya no solamente se limitan derechos, sino que se cometen delitos. Eso hace que sea doblemente grave por las implicaciones que tiene: hay muchos más riesgos de salud, riesgo de muerte, y de daño psicológico que resultan de la violación.

En Chile por ejemplo ha bajado fuertemente. Yo creo que hay tendencias diferentes. El riesgo está latente todavía por los poderes imperantes del machismo y por la baja protección que tienen las muchachas.

¿Y ese fenómeno de embarazos en menores de 15 años —que ya ni siquiera es embarazo adolescente sino embarazo infantil— se estudia y se enfrenta? ¿Hay preocupación y atención?

Sí. Todos los países manifiestan preocupación. El punto es cómo lo combaten. Está documentado que una mayor parte de esos embarazos proviene de abusos, engaños y violaciones.

¿Qué relación hay entre el tema de embarazo adolescente y las políticas estatales respecto al aborto?

Ahí varía mucho dependiendo del país. América Latina es una región que teme al aborto. Solamente dos países lo tienen legalizado, que son Uruguay y Cuba. En algunos estados de México es legal completamente y en otros dentro de ciertas condiciones. Sin embargo, en general en América Latina, estamos rezagados con respecto a los países desarrollados en el tema de aborto

*Lorenzo Morales es periodista y editor del Fondo ODS, un proyecto del Centro ODS en la Universidad de los Andes.

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