“Es importante revisar los subsidios a la agricultura, sobre todo a la de gran escala”: Ximena Rueda
Con el Covid-19, Rueda señala que es momento para repensar el desarrollo agrícola e impulsar la economía verde.
Santiago Valenzuela A
16/9/2020
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La pandemia del Covid-19 ha afectado a todas las dimensiones de la humanidad, desde la salud, la más evidente, hasta la economía y el medio ambiente. Un sector que puede sufrir graves consecuencias y del que poco se ha hablado es el agroalimentario: de acuerdo con la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), “la pandemia puede sumir a las economías nacionales en una recesión. Por ende, los países deberían adoptar medidas urgentes para mitigar las repercusiones en los sistemas alimentarios y la seguridad alimentaria”.

En Colombia, la FAO hizo una encuesta con 1.086 productores y el 87% respondieron que están atravesando por situaciones difíciles para producir y comercializar los alimentos. Existe, según la misma fuente, una preocupación latente por la disminución de los precios y la pérdida de producción de determinados alimentos, como los del mar. En la India, por ejemplo, la FAO estima que la producción de camarones cultivados puede disminuir entre un 30 y un 40 por ciento. Una situación similar podría replicarse en Colombia.

Para profundizar en estos temas, en el Centro ODS para América Latina y el Caribe de la Universidad de los Andes (CODS) hablamos con Ximena Rueda, profesora de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes y PhD en Geografía de la Universidad de Clark, en Estados Unidos.

Profesora, usted ha estudiado a profundidad el sector agrario y recientemente se ha concentrado en las cadenas de valor agroindustriales. ¿Cuáles son las implicaciones del Covid-19 en el campo colombiano?

Colombia es un importador neto de alimentos. Nosotros no nos abastecemos enteramente de los alimentos producidos en el país, sino que dependemos en buena medida de alimentos importados como el trigo, el maíz y hortalizas como la cebolla. Algo similar sucede con las frutas: muchas no se producen en el país y se importan. En una pandemia esto tiene ventajas como desventajas. Por el lado de las ventajas está que tenemos un abastecimiento, una oferta mundial de alimentos que hasta el momento no ha tenido problemas.

Frente a las desventajas podemos decir que el problema está en la disminución de la demanda. Muchas personas han perdido sus empleos, se han cerrado restaurantes y comercios y se ha reducido el ingreso de la población. Ante esta situación, se disminuye la demanda por alimentos y esto afecta a los productores agrícolas locales. En Tumaco, por mencionar un ejemplo, la demanda por camarón y pescado ha disminuido notablemente y los pescadores están sufriendo al no poder comercializar sus productos.

Y ampliando un poco la perspectiva, ¿qué retos se han evidenciado en América Latina y el Caribe en términos del agro?

Una de las principales preocupaciones es el empobrecimiento de la región. América Latina y el Caribe es una de las regiones que más había avanzado en los últimos años en la lucha contra el hambre y la desnutrición. Según un reporte de FAO de 2019, mientras el 20% de la población de África y el 12% de la de Asia Occidental sufría de hambre, en América Latina esa proporción había bajado al 7%. Sin embargo, actualmente es la región que más contagios tiene, con efectos devastadores sobre la economía. Será muy difícil mejorar la situación económica en América Latina: los Estados tienen poco margen de maniobra, pues muchas de las empresas estatales se han privatizado. También es un momento muy difícil porque la mayoría del empleo en la región es informal; la gente vive del día a día, de salir a vender cosas a la calle. Es una región donde no hay seguros de desempleo, donde la mayoría de las personas no tienen cesantías y cuando dejan de recibir ingresos caen rápidamente en la pobreza. Y esta contracción de la demanda afectará a los agricultores.

¿Cómo estaba el agro en Colombia antes de la pandemia y cómo puede cambiar teniendo en cuenta sus efectos?

A pesar de que somos importadores netos de alimentos, una porción importante de los productos que consumimos viene de la agricultura familiar y de circuitos de producción locales, es decir, de agricultura peri-urbana, situada alrededor de las ciudades que son los centros de consumo. En el país ha sucedido algo interesante y es que en algunos casos las cadenas locales se están fortaleciendo; es decir, se ha impulsado la idea de apoyar lo local y de consumir los productos que se producen en los alrededores y apoyar a las personas que están en nuestro entorno biofísico y geográfico. La pandemia ha generado oportunidades para que estas iniciativas se fortalezcan. Muchas personas se han visto en la necesidad de comprar a domicilio por un temor fundado a salir a la calle y esto ha permitido que se incentive la compra a distribuidores que compran directamente a productores. Esto dinamiza un consumo más directo, no tan intermediado por los supermercados.

Hemos visto incluso programas por parte de las alcaldías para impulsar los mercados campesinos…

Sí, y también para comprar en plazas de mercado. En general se ha despertado ese interés y es algo bueno en términos de sostenibilidad porque se acerca al consumidor a la realidad del productor. Muchas personas están siendo más conscientes de las necesidades de las personas que viven en el campo y esto sucede en parte por la reducción en la intermediación de los supermercados, los cuales han sido actores dominantes en las cadenas de valor agroalimentarias y que han tenido muchísimo control sobre los alimentos que consumimos.

Usted ha trabajado en los últimos meses con programas de sustitución de cultivos de uso ilícito. ¿Qué problemas les puede traer la pandemia?

Lo que hemos visto es que el Estado se ha demorado en llegar a apoyar a los campesinos para que puedan integrarse a las cadenas de valor legales, en las que les paguen bien por sus productos y así puedan salir de los cultivos de uso ilícito. Actualmente hay una lentitud con la llegada de recursos por parte del gobierno, y sabemos que por la pandemia los recursos serán aún más limitados para estos programas. La sustitución de cultivos está ante un panorama más difícil por todo lo que está generando la pandemia, incluyendo las restricciones en la atención estatal a las comunidades, que de por sí ya ha sido escasa.

Todos estos factores han sido aprovechados por grupos al margen de la ley para fortalecer sus cadenas de narcotráfico. Mientras tanto, el consumo de sustancias psicoactivas ha seguido creciendo; es algo paradójico que, atendiendo la crisis de salud pública ocasionada por el virus, se haya agudizado la crisis de salud mental por causas como el confinamiento y el deterioro de las condiciones materiales de vida. Todo esto a su vez ha aumentado el uso de sustancias como la cocaína. Las condiciones de fragilidad en las que está la humanidad han generado un círculo vicioso que se refuerza con la demanda de esas sustancias.

En los últimos meses se han publicado cifras preliminares que proyectan un aumento de la deforestación en la Amazonía para 2020….

En Colombia existe un aumento de la deforestación guiada por el acaparamiento de tierras, no por la demanda de alimentos. En Brasil se mezclan muchos factores, desde los incendios forestales que ocurren en esta época del año, hasta las condiciones de los mercados y las decisiones y discursos del gobierno de tratar a la Amazonía como un territorio que se puede explotar. Este discurso ha hecho que en la práctica se amplíe la frontera agrícola en la Amazonía brasileña para satisfacer demandas de bienes como la soya y la carne.

En Colombia no está sucediendo lo mismo. Las estadísticas del sector lechero, por ejemplo, demuestran que actualmente hay más producción de leche de la que se puede vender porque la demanda ha caído. La deforestación en Colombia no se está presentando por una demanda de alimentos sino, como decía, por un acaparamiento de tierras. Además, el Estado está un poco maniatado en las condiciones actuales para cuidar esos territorios, hoy en día aprovechados por actores ilegales.

Y hablando en un corto y mediano plazo, ¿qué consecuencias de la crisis ambiental se pueden sumar a la deforestación en la región?

Es difícil precisar los impactos climáticos en países específicos, todavía no está tan claro en qué grado y cómo variará el clima en América Latina. No obstante, es importante señalar que el sector agrícola será uno de los más perjudicados por el cambio climático, pues es el más dependiente de las condiciones climáticas, sobre todo en el área de la agricultura a pequeña escala, pues los agricultores a duras penas tienen suficientes insumos para producir y no tienen mecanismos financieros ni tecnológicos para defenderse de las variaciones abruptas del clima, como el cambio en los regímenes de lluvia o el aumento de plagas. Todos estos factores van a exacerbar la vulnerabilidad de los agricultores más pobres.

Yo creo, sin embargo, que los Andes americanos tienen aún condiciones para enfrentar la crisis climática. En la región tenemos relictos de bosques y zonas de conservación importantes, y no tener un paisaje homogéneo sino un mosaico diverso permitirá, si se mantiene y fortalece, mitigar los impactos climáticos. Y por supuesto: toda esa biodiversidad será clave para generar una mayor resiliencia.

Recientemente, en la cátedra Nuestro Futuro de la Universidad de los Andes usted señaló que hay un problema grave en el uso eficiente de los recursos. Cuéntenos un poco más…

Es muy importante revisar los subsidios a la agricultura, sobre todo a la de gran escala que está subsidiada bajo el argumento de la soberanía alimentaria y el empleo rural. Sin embargo, cuando uno ve esos argumentos son muy frágiles porque soberanía alimentaria, por lo menos en Colombia, no tenemos; dependemos del resto del mundo, lo cual es no es malo en sí mismo, como mencioné al comienzo de la entrevista, pues es mejor tener redes de comercio activas y suplir la necesidad de alimentos desde lugares donde se producen con mayor eficiencia y no tener que producir todo acá ineficientemente y utilizando ecosistemas que son únicos y que es mejor conservar.

Ahora, si miramos el empleo rural vemos que se generan muy pocos empleos en la agricultura a gran escala y cuando se generan son de mala calidad: trabajos mal pagos, sin seguridad social, etc. Por otro lado, los pocos impuestos que se pagan sobre la tierra no reflejan el valor de la misma, entonces lo que vemos es una serie de ineficiencias en los mercados que, si se corrigieran, podrían ayudarnos a darle un uso más sostenible a la tierra, entre otras razones, porque se incorporaría el costo real de la agricultura y se haría más eficiente el uso del agua, se reduciría el uso de pesticidas, entre otras prácticas. Además, sin esos subsidios el Estado puede usar los recursos en provisiones importantes como bienes públicos rurales: asistencia técnica, vías, telecomunicaciones y aquello que realmente puede ayudar a que las comunidades rurales vivan mejor.

Y si esto se hiciera así, ¿cómo se pueden aplicar los ODS en el sector agroindustrial?

América Latina y el Caribe es una región en su mayoría urbanizada, la población que vive en ciudades ronda entre el 60 y el 70%. Para aplicar los ODS en la región es clave establecer relaciones entre el consumo urbano sostenible y la producción rural sostenible, porque si los consumidores no somos los que empezamos a pedir alimentos sanos, producidos de manera responsable y que mejoren la vida de los agricultores, los cambios en la producción se van a demorar en llegar. La mayoría de comunidades agrarias en la región están dispersas y por más de que han hecho esfuerzos por organizarse, tener voz en las ciudades no es tan fácil, por eso creo que debemos encontrar una solidaridad con el productor para impulsar la sostenibilidad.

Los ODS también ofrecen una enorme oportunidad porque buscan proteger los ecosistemas y a la vez avanzar en la erradicación del hambre. No muestran estos dos objetivos como contradictorios, como quizás se pensaba en décadas anteriores , sino que demuestran que los servicios ecosistémicos son la base para superar la pobreza y que desde la conservación surgen las posibilidades para mejorar las condiciones de vida.

En la cátedra usted también habló sobre el poder que tienen diferentes grupos económicos para ayudar a cumplir la Agenda 2030. ¿Cómo podrían aportar ahora?

Hace unos años WWF dijo que es necesario trabajar con las grandes compañías agroalimentarias para lograr la conservación de los ecosistemas naturales; se dio cuenta de que estas son el eslabón que concentra el poder en las cadenas de valor, pues son las que

toman las decisiones que afectan tanto a los consumidores como a los productores y proveedores. Estas compañías están llamadas a realizar un cambio trascendental y pueden hacerlo, es decir, pueden comprar y ofrecer productos con un origen sostenible, donde las comunidades productoras reciban un trato digno y los consumidores reciban alimentos sanos.

Un ejemplo es lo que ha hecho Lipton en más de 20 países que producen té, incluyendo a Kenia y la India. Esta marca de Unilever ha buscado transformar las condiciones de vida de los agricultores e implementar prácticas sostenibles. Sin embargo, esto no siempre es posible porque las empresas enfrentan diferentes dilemas: consumidores que quieren un producto más saludable pero que no cueste más y también tienen que prestar atención a sus financiadores y responderles a sus dueños. Cuando las empresas comienzan a conjugar todos estos intereses siento que las preocupaciones ambientales se van diluyendo. Y sí, hay algunas que tienen el respaldo de ONGs importantes o del sector público para hacer sus cadenas de valor más sostenible. Sin embargo, cuando llega el momento de la ejecución, los programas se diluyen.

¿Cuál sería un ejemplo de esta disolución en los compromisos ambientales?

Mira, recientemente se ha presentado un auge de acuerdos sobre cero deforestación y grandes compañías en el mundo los están firmando. Sin embargo, cuando ves la implementación de los mecanismos, no todo es tan claro:¿Se comprometen a frenar la deforestación neta o bruta? ¿Es decir, cumplir con el acuerdo significa permitir la deforestación siempre y cuando se siembren árboles en otro lugar? ¿Son los resultados equivalentes? Sabemos que, en términos ecosistémicos, no lo son. También se preguntan, ¿Desde cuándo vamos a contar el compromiso con la cero deforestación? ¿Desde hace 10 años cuando teníamos 80 millones más de hectáreas de bosques tropicales en el planeta o desde hoy, prácticamente concediendo una amnistía a la deforestación de la última década? Como dice el dicho: el diablo está en los detalles, y si estas empresas con tantos intereses no se hacen cargo de implementar correctamente los acuerdos, el compromiso, que si bien es loable, no alcanza para generar los cambios que se necesitan.

Y hay casos en donde ni siquiera hay compromiso ambiental en ninguna parte de la cadena de valor…

Un ejemplo de ello y que no es agroalimentario pero que ilustra el caso es el de la minería de oro. Todos sabemos que las tecnologías para extraerlo son muy destructivas para el medio ambiente: contaminan las fuentes de agua, agregan cianuro, mercurio, en fin, acarrean muchísimos problemas ambientales. Las joyerías más famosas, las que vemos en los carteles de publicidad, han intentado hacer esfuerzos para demostrar a sus consumidores que el oro que venden es un oro limpio, producido sosteniblemente o reciclado. Sin embargo, estas joyerías de marca que están asumiendo compromisos de sostenibilidad, representan a lo sumo el 1% de todas las empresas que comercian oro.

El oro que se vende en las calles de Nueva Delhi o de Beijing, por ejemplo, difícilmente puede ser rastreado y usualmente quien compra es el consumidor emergente, quien después de muchos años por fin tiene acceso a bienes que no había tenido antes. Y el oro, claro, representa un símbolo de ascenso social, es un consumo simbólico. En esta compra masiva muy poca gente es consciente de dónde proviene ese oro y del daño que se le hace al planeta y, por lo menos en este caso, el daño reputacional por producir oro de una forma que no sea sostenible no basta para frenar su expansión

Una de las preocupaciones más reiterativas con el Covid-19 es el incremento en la pobreza. ¿Cómo afectaría a los agricultores de la región?

En general todo lo que ocurre en las ciudades va a impactar o ya está impactando al campo. Si bien es cierto que las familias agricultoras han tenido la posibilidad de estar más aisladas y por ende los contagios donde habitan no son tan altos, sí se puede presentar una reducción en los precios de los alimentos y esto es terrible, pues muchas de estas familias ya estaban en una situación de fragilidad. Por eso, creo, soluciones como la de la renta básica son una alternativa porque apoyan a toda la cadena.

La renta a una familia pobre en Bogotá tiene efecto en la demanda de bienes y servicios básicos que se proveen en la zona rural del país. No solo se ayuda a la familia en situación de pobreza, sino que jalona la demanda por alimentos que se producen en el campo y se comercializan en las plazas de mercado. Es mejor que la familia tenga dinero y pueda salir a demandar los alimentos que desee en lugar de recibir una provisión de mercados comprados que no se sabe de dónde salieron, a quiénes se compraron, con qué valor nutricional (generalmente no incluyen frutas ni verduras, por ejemplo) y, como hemos visto, ofrecen grandes oportunidades para la corrupción y benefician a supermercados que, como dije, son uno de los eslabones más fuertes en estas cadenas.

Para terminar, quisiera preguntarle cómo se puede impulsar la agenda de la sostenibilidad en una coyuntura tan difícil como esta…

Ahora los gobiernos pueden enfocarse en ayudar a las compañías que tienen prácticas más sostenibles, a reorientar los subsidios hacia la economía verde. Es clave mantener a las empresas que están comprometidas con el desarrollo sostenible. Varios restaurantes, por ejemplo, se habían convertido en una fuente increíble de innovación y sostenibilidad en sus cadenas de aprovisionamiento. Ante la crisis se han adaptado pero el golpe ha sido terrible: la demanda ha caído hasta en un 80% y ha sido difícil reinventarse. Mantener el vínculo con el consumidor tampoco será fácil porque está guardado en su casa, sin plata y con miedo. Ahora el reto es idear formas de acercar al consumidor a esos productos de la economía verde, hacer que la cadena llegue hasta la casa, velando por la sostenibilidad y equidad de todos los eslabones, incluida la distribución.

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