“Plantar árboles no es recuperar ecosistemas”: Dolors Armenteras
Después de la cuarta conferencia de la cátedra Nuestro Futuro, la profesora Armenteras, experta en la Amazonía, habló sobre la situación actual de los bosques en esta zona del planeta.
19/2/2020
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La imagen que tiene la mayoría de la población sobre el Amazonas se está desvaneciendo. Los árboles con más de 10 metros de altura, las aves, los reptiles, los monos y el curso tranquilo de los ríos se están trasladando a un campo ficticio. Esta fue una de las impresiones que dejó la conferencia de la profesora Dolors Armenteras —bióloga, magíster en Conservación Forestal y doctora en Geografía— en la cátedra Nuestro Futuro, del Centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Universidad de los Andes (CODS).

El 17 % de la cuenca amazónica ha perdido sus bosques. El paisaje está cambiando drásticamente por los incendios forestales, la minería, la urbanización, la construcción de caminos y represas y la agricultura. Todos estos factores inciden en la deforestación; un fenómeno que impacta a todo el planeta, pues el 20 % de la circulación del agua y del aire depende de la Amazonía. Un solo árbol, explicaba ella, puede filtrar 1.000 litros de agua cada día.

El calentamiento global, sumado a la creciente fragmentación de bosques, está generando un escenario propenso para que se acentúen los incendios forestales. En las condiciones actuales -es decir, sin tener en cuenta que en 10 años la temperatura global puede subir 2 grados Celsius- podríamos perder la cuenca amazónica y sus funciones ecológicas si su deforestación llega al 40 %. Si esto sucediera, se podría generar la liberación de millones de toneladas de carbono que retienen los bosques en la Amazonía.

En el país, explicaba la experta, se necesitan resolver problemas de gobernanza local, de tenencia de la tierra y de impuestos por tamaño y potencial productivo. En general, es urgente reducir la tasa de conversión de pastos por lo menos en un 50 % para que en 10 o 15 años la Amazonía pueda sobrevivir. En Colombia, según los datos de Global Forest Watch, se deforestaron 197.159 hectáreas en 2018. De este total, 138.176 (es decir, el 70 %) pertenecían al departamento del Amazonas. Al final de la conferencia tuvimos unos minutos para hablar con la profesora Armenteras, esto fue lo que dijo.

¿Cree que la promesa de sembrar 180 millones de árboles por parte del gobierno nacional es viable y puede generar cambios en los niveles de deforestación?

Bueno, lo primero que hay que decir es que plantar árboles no es recuperar ecosistemas. Esta medida debe venir acompañada de otras enfocadas en la restauración. Lo importante es que se frene la deforestación. Esa debe ser la prioridad porque no todo lo que se restaura funciona, el éxito de la reforestación nunca es del 100 %. Además, tienen que pasar muchos años para reemplazar a un árbol de 10 o 15 metros que filtra 1.000 litros de agua al día. No tenemos tiempo.

¿Esto tiene que ver con el punto de no retorno que usted mencionaba en la conferencia?

Sí, la deforestación tiene que parar y son miles de hectáreas las que se están deforestando en Colombia. Es verdad que se ha reducido un poquito, pero pues tengamos en cuenta que mientras existan menos bosques habrá menos deforestación. Hay que analizar esas cifras. Justamente hace un momento acabé de recibir un artículo de una colega en Brasil, y su investigación muestra que la tasa de crecimiento de los bosques secundarios en zonas deforestadas del Amazonas es mucho más lenta de lo que se pensaba. Por eso insisto: sí, la reforestación ayuda a compensar, pero no es una solución para el problema de la deforestación.

¿Cómo están incidiendo los cultivos de uso ilícito en la deforestación?

Los cultivos siguen en las mismas zonas. Hubo un boom en el que Colombia tenía cultivos de 10 a 11 hectáreas, pero en los últimos años los cultivos pasaron a ser más pequeños. Las fronteras de colonización se han movido y los cultivos se han alejado de los bordes y se han ido escondiendo dentro de los bosques. Al ser tan pequeños, no causan un impacto muy grande, Estamos hablando en promedio de cultivos de media hectárea. Lo que está sucediendo es que estos se abandonan y van migrando.

Recordemos también que Colombia dejó de ser el primer productor de cultivos de coca durante dos años, pero ya volvió al primer lugar, en parte por el abandono de las tierras después de la desmovilización. Lo que hemos visto es que los cultivos se mantienen en las mismas zonas porque en 50 años no se han logrado desarrollar alternativas económicas para esos territorios a largo plazo.

La erradicación, así como el uso de glifosato, tienen impactos en los bosques. Pero recordemos que ese factor, el de los cultivos, es solo uno que incide en la deforestación. La minería también, pero no está muy estudiada en la Amazonía colombiana.

¿Y la tala ilegal de madera?

Hay tala ilegal y quema por todo lado. La tala ilegal también tiene que ver con la falta de implementación de la frontera agrícola. El Ministerio de Agricultura puso un límite, lo decretó, pero es clave implementarlo para que se recuperen los ecosistemas y se presenten alternativas de explotación. Ahora ganan pocos, incluso las mafias.

Usted ha estado en terreno amazónico desde 1998, ¿Cómo percibe este territorio ahora?

Se sigue viendo el abandono con las comunidades locales. Hay una lucha por sobrevivir muy dura. Cuando no hay alternativas económicas, y además tampoco presencia el Estado, vemos que las comunidades no les quedan más opciones que actividades que pueden afectar la cuenca amazónica. El Estado debe ofrecerles otras alternativas, como la bioeconomía, mejorar la productividad y la distribución de la tierra. Hoy no vemos nada productivo: dos vacas en 10 hectáreas, eso no es nada productivo.

Usted decía, en todo caso, que las soluciones varían dependiendo de la región, del país…

Hay causas generales, como la construcción de infraestructura, la expansión agrícola y la extracción de recursos, y otros factores diferenciales. En Ecuador la Amazonía se ha ido destruyendo por un tema asociado al desarrollo de la infraestructura para hidrocarburos, en Venezuela era más un tema agrícola, en Brasil el tema ahora es muy complejo por el nuevo gobierno y la presión internacional no está dando resultado. Es cierto lo que decía Germán Andrade (uno de los expertos que participó en el conversatorio posterior a la conferencia): la soberanía tiene que ser de la gente, la gente tiene que movilizarse. En São Paulo están con inundaciones, están viviendo extremos climáticos. Todo esto ha hecho que la gente se movilice en las ciudades. Lamentablemente, solo hasta que pasan estas cosas las personas se conectan con los problemas ambientales del planeta.

En la conferencia también quedó claro que la sociedad debe conocer un poco más sobre los problemas para movilizarse…

Sí, es claro que tenemos que movernos desde lo local. Ahora, tengamos presente que en Colombia ni el consumo de carne ni la conversión de pastos es por demanda internacional. Los cultivos de uso ilícito sí, lo mismo la minería de oro. La madera es de consumo local, la carne también. En un libro que hicimos con la FAO mostramos justamente que hay muchísimas rutas para que llegue madera a Bogotá de la tala ilegal en el Amazonas.

¿Cómo hacer que la gente se conecte con lo que está pasando en el Amazonas y deje de lado un poco ese estereotipo de ecosistema intacto?

Es muy importante que la gente entienda que de toda el agua que nos viene, el  20% proviene del Amazonas. Es decir, los páramos de Chingaza y Sumapaz, por hablar de ejemplos cercanos, pueden verse afectados por la deforestación en la Amazonía. El páramo de Sumapaz, por ejemplo, es el único en el que las comunidades campesinas habían logrado de disminuir los incendios porque tomaron la decisión de controlar el uso del fuego. Ellas dijeron: no vamos a quemar más. Ahora hubo un accidente y ¿quién tuvo que pagar? La comunidad campesina, los animales, los caballos. Estos casos cercanos pueden ayudarnos a dimensionar lo que en lugares que son necesarios para la vida, como el Amazonas.

 

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