“Si no salvamos a la gente, no habrá nadie para salvar la economía”
Jordi Sunyer, epidemiólogo ambiental del Instituto de Salud Global de Barcelona, explica de qué manera la pandemia del Covid-19 se relaciona con nuestra forma de vida.
Lorenzo Morales
20/5/2020
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Por: Lorenzo Morales

Jordi Sunyer, epidemiólogo ambiental del Instituto de Salud Global de Barcelona y profesor de Salud Pública de la Universitad Pompeu Fabra, estudia de qué manera los cambios ambientales producen efectos sobre la salud humana. Ha estudiado cómo la polución del aire en las ciudades afecta el desarrollo del cerebro de los niños y su capacidad de concentrarse. También cómo la aspersión de una proteína de la soja, al descargarse en el puerto de Barcelona, producía picos de asma que atiborraban los hospitales.

La humanidad ha desplegado medidas de emergencia para frenar el contagio del Covid-19 en el corto plazo, pero queda un largo trecho de ajustes y medidas para evitar que nuevas enfermedades contagien a los humanos y si lo hacen, que sean menos letales. Los factores ambientales serán decisivos.

Como epidemiólogo ambiental, ¿alguna vez se imaginó algo como lo que está viviendo la humanidad?

Teníamos la advertencia de algunos expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la posibilidad de que epidemias se convirtiesen en pandemias. Y tuvimos varios avisos como la epidemia del Ébola, por ejemplo. Como recién licenciado en medicina viví de muy cerca la epidemia del SIDA que también fue de una angustia terrible, aunque estaba muy limitada a sectores como los homosexuales o las mujeres que trabajaban en el sector del sexo. 

Mi inicio en la investigación es debido a una epidemia en Barcelona de gente con ataques de asma fulminantes que colapsaba los hospitales. Descubrimos que estaba relacionado con la descarga de la soja en el puerto. Una proteína que había en la soja volaba encima de la ciudad y esto causaba unas crisis casi anafilácticas. Pero aquello, claro, era local y se pudo solucionar.

¿Qué diría usted qué es inédito de esta epidemia del Covid-19 frente a otras que hemos conocido, como el SIDA, el Ébola, el Sars o la misma fiebre española? 

Sobre la parte clínica del virus todavía hay muchas incógnitas. Es una enfermedad nueva y no conocemos bien lo que desencadena. En Europa hay una gran alarma porque han empezado a aparecer casos bastante excepcionales de niños con un shock hipovolémico tras una gastroenteritis bestial. Es muy desconocido un virus que afecte todos los órganos. 

Usted decía hace un momento que otras epidemias como el Ébola o el SIDA de alguna manera fueron advertencias. ¿Cree que pasamos por alto esas advertencias? 

Clarísimamente. Las pasamos por alto. Puede que esto revele una falta de atención de los gobiernos a lo que dicen los expertos. Los centros de investigación han sido incapaces de tener una relación con sus gobiernos que son los que han de tomar las decisiones, porque al final esto está en manos de los políticos. Ha faltado la interfaz de conexión entre ciencia y política. Para mí está claro que las advertencias no fueron atendidas. Es interesante ver que países como Corea del Sur o como Taiwán pudieron responder mucho mejor porque ya vivieron las epidemias del SARS.

¿Hubiéramos podido estar mejor preparados?

Me sorprende mucho la falta de preparación. Sí que hay países —sobre todo países gobernados por mujeres— que lo han hecho mucho mejor y han reaccionado muy rápidamente. Pero así y todo no tenían el material (pruebas, equipos, etc.) preparado. Otra de las grandes sorpresas es lo despojados que estamos por la falta de coordinación a nivel global. Falta clarísimamente una gobernanza global que pueda coordinar una respuesta a todo esto.

Hace poco la primera ministra de Nueva Zelanda anunció que prácticamente habían controlado el brote. ¿Por qué dice que países gobernados por mujeres han tenido una mejor respuesta? 

Lo digo porque hay 10 países en el mundo gobernados por mujeres y de estos diez países, seis están entre los 10 países que tienen menos mortalidad. Estamos hablando de Noruega, Islandia, Nueva Zelanda, Alemania, Taiwán y otros. Y es sorprendente, las mujeres han tenido la capacidad de responder rápidamente, de tener una actitud empática, de tratar a su población de una manera mucho más madura, corresponsabilizando a la gente, dando una información transparente que seguramente es un factor que se deberá tener en cuenta. La gobernanza por mujeres está saliendo de esta crisis muy valorada. Puede que sea una coincidencia pero es una observación interesante.

¿Ve usted alguna relación clara y demostrable entre el brote del virus y la crisis ambiental?

Desde los años 60 se han registrado más de 200 nuevas enfermedades por virus transmitidos de animales a humanos. No es casualidad este aumento extraordinario. La razón está muy estudiada: el abuso, la depredación, la desaparición de los espacios naturales. ¿Por qué estamos destruyendo espacios naturales? Bueno, para hacer pasto, para buscar petróleo, para plantar palma de aceite o aguacates, o lo que sea. Y lo que pasa es que esto está ocurriendo en la zonas más tropicales que son también reservorios naturales de biodiversidad, incluidos los virus. La intervención del hombre en esos espacios vírgenes genera un contacto con animales que transmiten este tipo de virus. Esto pasó en África con el SIDA, con el Ébola, y está para estar pasando con estos nuevos virus respiratorios en Asia. La crisis ambiental está también en el origen de esta epidemia. 

Restaurar zonas que han sido deforestadas, crear más reservas, recuperar esos ecosistemas que son reservorios de biodiversidad y hemos perdido, ¿podrían devolvernos a un estadio en el que hay menos contacto con estos virus? O, ¿una vez ya liberados, por decirlo de alguna manera, esas medidas no devuelven la situación?

Esto habría que preguntárselo a un ecólogo. Lo que está claro es que este tipo de enfermedades son resultado de nuestra actitud depredadora del planeta. Una de las razones de esta actitud es la sobrepoblación. Nosotros necesitamos invadir la naturaleza para tener más recursos. Esto es obvio. Pero esto se debería hacer de una manera regulada, pensada, con equilibrio. Hemos pasado en muy pocos años de 2 billones a casi 8 billones de habitantes en el planeta. Y además cada uno de estos habitantes está consumiendo muchísima más energía. O sea, no solo somos más, sino que consumimos mucha más energía, creamos más residuos, nos movemos más.

Me gustaría aquí recordar ese texto tan bonito del Papa Francisco, Laudato Si’, que habla de nuestra casa. Estamos degradando nuestra casa. Al final ya estamos entendiendo que compartimos con los otros animales del planeta muchísimas características y que de hecho quién tiene una actitud criminal con los animales al final acaba teniendola con sus pares humanos. 

Usted dice: somos muchos y además consumimos más, desechamos más, nos movemos más, quemamos más combustibles. Usted ha ha estudiado las relaciones entre la calidad del aire y las enfermedades.  ¿De qué manera la calidad del aire que ya tiene un efecto sobre la salud, agrava el problema de la pandemia del coronavirus? 

Esta es una muy buena pregunta porque hay algunos artículos científicos que dicen que aquellas zonas donde hay más contaminación es donde hay más mortalidad. 

Eso aplica para el caso de Lombardía, por ejemplo, en el norte de Italia que fue el primer epicentro del mortalidad en Europa…

Absolutamente. Seguramente todavía es un poco prematuro para concluir que esto es así, pero podría ser. Podría ser porque la contaminación lo que hace es afectar el aparato cardiovascular y parece que la gente con problemas cardiovasculares tiene más riesgo de tener un Covid-19 más severo. 

¿Qué más se sabe de la relación entre contaminación del aire y el virus?

En estos momentos, por ejemplo, se está estudiando hasta qué punto las partículas de la contaminación pueden ser carriers, portadores del virus. Pero hasta la fecha los experimentos no han sido todavía confirmados. Esto es solo una hipótesis en este momento.

Sabemos que el mayor contagio del virus se presenta es en espacios cerrados o zonas interiores sin ventilación, básicamente por la presencia de un portador. Sitios como un salón de clase o una sala de un cine. Tenemos ya varios laboratorios en Estados Unidos y en Japón que han demostrado que ciertamente, las partículas que llevan el virus desde dentro de nuestro cuerpo  hacia afuera,  son muy pequeñas y se transmiten a poca distancia. Incluso respirando se emite algo de este virus. Por esto se está pidiendo que se mantenga una distancia de 2 metros entre la gente. 

El tema de la calidad del aire resulta interesante para América Latina. En Bogotá, por ejemplo, cuando se inició el confinamiento se esperaba una reducción radical de la contaminación del aire, porque dejaron de circular carros, las industrias pararon, etcétera. Pero no ocurrió. Y la explicación es que se estaban produciendo talas y quemas masivas en los Llanos Orientales y la Orinoquía. Aunque son regiones distantes, el viento trajo ese humo hasta la ciudad. Lo mismo ocurrió, por ejemplo, en Cúcuta que es frontera con Venezuela, donde hubo quemas descontroladas en botaderos. ¿Esto podría agravar el cuadro de la pandemia?

Claro. En el SARS y en el MERS sí que se veía, por ejemplo, que la contaminación atmosférica agravaba el cuadro. Esto no se ha demostrado, pero a lo mejor Colombia es el primer sitio en el que  que se puede demostrar esto,  porque en China, en Italia, en España, ha pasado al revés: al quitar los carros ha bajado la contaminación. Sería razonable, teniendo en cuenta los virus anteriores, pensar que esto puede ser así. 

Algunos países, entre ellos los de América Latina, tuvieron la ventaja de recibir el virus cuando este ya causaba estragos en los primeros países contagiados. Pudimos anticiparnos. ¿Qué cree que puede mejorarse en la reacción que ha tenido América Latina a la pandemia?

Yo necesitaría más información para poder responder. Lo que más he seguido ha sido el caso de Brasil que es parecido al caso de Estados Unidos. Para intervenir se pueden esgrimir o bien razones epidemiológicas o bien razones políticas. Si uno decide que realmente quiere ahorrar muertes, puede seguir francamente las razones epidemiológicas. Si no, empieza a buscar argumentos políticos para sostener otros intereses que no sea salvar muertos.  

El mundo parece enfrentado a un dilema: salvar vidas con medidas radicales de aislaminento o mantener la economía viva para salvar otras vidas. Para un epidemiólogo, ¿cómo resuelve esa ecuación?

Para mí que conozco la realidad de España donde nos ha ido muy mal es evidente que lo primero es curar a la gente. Si no salvamos a la gente, no habrá nadie para salvar la economía. 

Es cierto que la pobreza crea mucha mortalidad y crea mucha enfermedad. Y no sabemos si el Covid-19 crea más muerte y enfermedad de manera directa por la acción del virus, o de manera indirecta por las consecuencias de las acciones que se han tomado. 

Nos enfrentamos a una enfermedad desconocida. Desconocemos la letalidad (estamos hablando de un 1% de los casos según China), desconocemos también las consecuencias y desconocemos la inmunidad. Tampoco conocemos todavía bien la química al punto de que no sabemos cuáles son las secuelas que tendrá: estamos viendo gente que sale de los hospitales y todavía se va a casa con oxígeno; que tiene unas miopatías en las piernas brutales y que no sabemos si podrían volver a andar; estamos viendo en los casos leves que a la cuarta y quinta semana de estar en casa, todavía están con síntomas. O sea, hay pocos virus que tengan esta duración. 

Entonces, delante de tanta incertidumbre desde un punto de vista de una persona que trabaja en la salud y en la prevención, no hay duda de que hemos de ser muy prudentes. Cuanto antes se interviene más eficaz se es en reducir la carga de mortalidad y de morbilidad.

Volviendo al tema de la polución del aire y el virus, ambos se parecen en algo: ambos son un enemigo invisible. ¿Cómo generar conciencia y cuidado preventivo frente a un peligro que no se ve, que no es tangible?

Una parte de este esfuerzo que hemos puesto para contener el virus sería bueno también ponerlo para remediar la contaminación atmosférica de las ciudades.

Según las estimaciones de la OMS, cada año mueren en el mundo 7,5 millones de personas por la contaminación atmosférica. De ellas, 3 millones por la contaminación por el uso de estufas de leña y sin ventilación en zonas pobres, y 4,5 millones por la contaminación del transporte en las ciudades. Yo no sé si llegaremos a tantas muertes por el Covid-19. Lo interesante es que las muertes del Covid-19 son por una inflamación brutal, muy rápida, porque el sistema inmunitario fracasa. En un mes se come el pulmón de esta pobre gente. Los efectos de la contaminación son parecidos, una inflamación de bajo grado, pero sostenida en el largo plazo. Los dos son invisibles, los dos producen inflamación, el Covid-19 va muy rápido y la contaminación va muy lento.

¿Cómo generar conciencia entre la gente frente a una amenaza invisible? Puedes vivir en una ciudad contaminada, pero mal que bien haces lo tuyo y no ves que eso esté afectando tu vida cotidiana…

Entre el 20 % y 30 % de los ictus o un infarto de miocardio tienen su origen en la contaminación, aunque no siempre sea evidente esa causa. En las escuelas de salud pública esto está muy aceptado ya. Esto quiere decir que necesitamos ciudades menos contaminada, mucho más verdes, con menos transporte privado y más espacio público. Eso tiene un efecto importante sobre la salud pública.

Usted ha estudiado mucho el efecto de la contaminación del aire en el desarrollo de cerebros de niños, ¿nos puede contar que ha encontrado?

Nosotros hemos hecho un estudio en 3.000 niños durante un año en Barcelona. Íbamos midiendo la pendiente de crecimiento de su cerebro y el desarrollo de sus habilidades mentales. Pues bien, lo que vimos es que esta pendiente era menor en los niños que vivían o iban a colegios donde había más contaminación atmosférica. Incluso con resonancia magnética pudimos ver en el cerebro, qué partes quedaban afectadas. 

Esto realmente fue muy impactante porque incluso vimos que dentro del propio colegio había variaciones en los mismos niños en días más contaminados que en días menos contaminados en funciones como, por ejemplo, el grado de atención. O sea, incluso la atención cambiaba en función de los niveles de contaminación. Imperceptible para un maestro, imperceptible para el propio niño, pero cuando acumulabamos todos los niños, los datos eran muy relevantes.

Después hicimos estudios similares en Dinamarca, Holanda, Italia, y otros y encontramos datos similares. 

Hasta que no aparezca una vacuna contra el Covid-19 el mundo seguirá batallando de la manera que lo viene haciendo. Como epidemiólogo ¿Qué es lo mejor que podemos hacer mientras aparece esa vacuna? 

Esto durará un año o un año y medio, seguramente. Seguramente las proyecciones son que para los 12-18 meses que vienen, tendremos que ir a todo lado con mascarillas, mantener la distancia, lavarnos las manos con frecuencia y estar prestos a detectar un brote prontamente. 

Ya sabemos que la mitad de los contagios vienen de gente sin síntomas, o antes de que aparezcan los síntomas. Por eso es tan importante este distanciamiento espacial. En los próximos meses sabremos realmente si algunos ya tienen anticuerpos específicos contra el virus y será posible que la gente que haya superado la enfermedad y haya desarrollado estos anticuerpos, tenga un contacto mucho más próximo con los otros. Pero mientras esto no suceda, la distancia es un tema crucial.

A todas las personas este cambio repentino de vida nos ha hecho pensar, reevaluar algunas cosas. ¿cómo ha cambiado su vida y qué tipo de reflexión ha tenido?

A mí me gusta mucho leer filosofía. Hay algo de Montaigne que me parece muy importante y que seguramente es una lección, no solo para mí sino para mucha gente. En nuestra sociedad se había perdido el contacto con la muerte, escondíamos la muerte. Montaigne dice que es normal tener miedo a la muerte, porque nos angustia no saber que vendrá después. Pero tampoco sabíamos qué había antes. Al final solo podemos ser seres libres, dice Montaigne, si hemos sido capaces de entender que somos finitos y de que la muerte forma parte de la vida. En la generación de nuestros padres y de nuestros abuelos era propio. Todo el mundo sabía de la vulnerabilidad humana. Es en estos últimos decenios habíamos puesto la muerte debajo de las alfombras.

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